Que siempre no se cayó el sistema

El 6 de julio de 1988 se esperaba el desarrollo de las elecciones más limpias en la historia de México.
Todo estaba preparado para que ese mismo día se supiera el nombre del nuevo Presidente de la República. Bartlett aspiraba a la candidatura del partido oficial, y al ser él mismo, el Secretario de Gobernación, eran muy altas sus posibilidades; por lo que se había preparado con mucho tiempo, entre otras cosas para acondicionar un sofisticado y costoso equipo computacional que controlara el flujo de la información electoral, supuestamente para “su propia elección”.Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) llegó al poder mediante el fraude electoral de 1988.

La “caída” del sistema a la hora crítica del conteo de votos para la elección presidencial, fue el “foco rojo” que presagiaba fraude.

Hoy, a casi 30 años de aquella “caída del sistema” el exsecretario de Gobernación y ahora senador, Manuel Bartlett, aseguró en un primer momento que Carlos Salinas no ganó la elección presidencial de 1988… Aunque luego se retractó, mencionando que no tuvo ni tiene elementos para determinar cuál fue el resultado real de esos comicios. Primero, el pasado 8 de julio, el diario Reforma publicó una entrevista, en la que Bartlett dijo: “Salinas no ganó la elección, la perdió”.

El mayor autoengaño político en México es la creencia de que las elecciones son libres, democráticas y equitativas. El fraude electoral ya no sólo lo aplica un partido; el PRI. Fenómeno que se ha “normalizado” como práctica en el PAN, PRD y otros, ante la certeza de que el voto es una mercancía y no un derecho, y que la “alquimia” es una franquicia exportada por el PRI.

En competencias tan reñidas como en el Estado de México o en Coahuila, el fraude electoral se vuelve más visible e indignante porque ahí observamos con todo su despliegue las artimañas para impedir la equidad y la justicia electoral: Compra y coacción del voto, intimidación vía telefónica y redes sociales (el ingrediente nuevo), alteración del padrón electoral, condicionamiento de programas y servicios públicos, y el uso del crimen organizado y del aparato burocrático para aplastar al opositor.

El caso del Estado de México es doblemente grave. El candidato priista Alfredo del Mazo no venció en “final de fotografía” frente a Delfina Gómez, de Morena, porque antes, durante y después del ejercicio del voto fueron claros los ingredientes del fraude.

Nuestro sistema electoral es un fiasco y nuestra democracia una cuasi democracia donde no existe la certeza en los resultados electorales a pesar de tener un sistema carísimo. La mayor parte de los medios de comunicación ya ni siquiera lo consideran noticia porque prefieren ignorar las pruebas del fraude electoral para seguir recibiendo las prebendas del estado.
Los gobiernos ilegítimos en México abundan, no llamen democracia a esto, ni tampoco lo definan como “elecciones limpias y libres”. Estamos ante un fraude electoral, un fraude de Estado que nadie, ni siquiera la maquinaria de partido, podrán maquillar.

Parece que es políticamente incorrecto exhibir las pruebas del fraude electoral, pero hay que seguir alzando la voz.

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